"Sin un marido y una mujer que se quieran cada vez más, es muy difícil educar".

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Son los llamados “verbos copulativos”, es decir, que propiamente no tienen significado, sino que sólo sirven para atribuir a un sujeto una cierta cualidad. Así si decimos que alguien es, está o parece elegante, estamos atribuyendo a esa persona la cualidad de la elegancia de tres maneras análogas, es decir, en parte iguales y en parte diferentes. Pues no es lo mismo ser elegante que estarlo o parecerlo.

Los “verbos copulativos” no tienen significado, como lo tienen los predicativos, del tipo amar, estudiar, caminar, sonreír…; pero sí entrañan un sentido. De ahí que una de las cosas que más cuesta a quienes aprenden nuestro idioma sea distinguir entre ser y estar. Y a nosotros nos resulta bastante complicado explicar la diferencia. Sí que “ser” se reserva para cualidades permanentes y “estar” para las circunstanciales; con todo, captar el sentido de uno u otro verbo tiene su aquel.

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A todos los padres nos preocupan los estudios de los hijos. Por tanto, una reflexión que debemos hacernos es: “¿Quién ha enseñado a estudiar a mi hijo?”. Parte del trabajo de los buenos profesores consiste en enseñar cómo debe estudiarse su asignatura. Pero también los padres pueden colaborar en esta tarea. ¿Cómo?

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Educar los sentimientos

Alfonso Aguiló

 

Aprender a educar los sentimientos sigue siendo hoy una de las grandes tareas pendientes. Muchas veces se olvida que los sentimientos son una poderosa realidad humana, y que —para bien o para mal— son habitualmente lo que con más fuerza nos impulsa o nos retrae en nuestro actuar.

Las personas que gozan de una buena educación afectiva suelen sentirse más satisfechas, son más eficaces y hacen rendir mejor su talento natural. En cambio, quienes no logran dominar bien su vida emocional, se debaten en constantes luchas internas que socavan su capacidad de pensar, de trabajar y de relacionarse con los demás.

 

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La familia ha sido la víctima típica de todas las paradojas del Estado de Bienestar

Una tendencia común a todas las épocas parece ser la proclividad a considerar que ese tiempo que en cada caso se está viviendo tiene algo de excepcional. Siempre tiende a pensarse que es el final de una etapa ya completamente superada y la inauguración de un período radicalmente nuevo, en el que será posible despedirse definitivamente de las viejas costumbres. Por ejemplo, desde mediados del siglo XVIII se da al cristianismo por muerto y enterrado. Pero el cristianismo entierra a sus enterradores y renace de sus cenizas como el Ave Fénix. También aquí vale lo del clásico del teatro español: "Los muertos que vos matáis gozan de buena salud". Para desesperación de los secularistas a ultranza, es preciso seguir contando con la religión, porque una mayoría de la población mundial continúa estimándola como indispensable.

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