Nuestros hijos sí que lo perciben, y entienden la diferencia. Y es que el uso de un verbo u otro tiene serias repercusiones educativas, pues en educación las sutilezas lingüísticas adquieren más fuerza de la que pensamos y generan comportamientos y actitudes insospechados. Repetirle a un niño que “es travieso” no es lo mismo que decirle que “está travieso”; reiterar a un adolescente que “es vago” no es lo mismo que advertirle que “está vago”.

El verbo “ser” califica o descalifica de manera radical: “qué le voy a hacer si soy travieso o soy vago”, piensa el niño o el adolescente si hemos abusado de un verbo tan categórico; mientras que el uso del “estar” baja al nivel de las circunstancias, de las situaciones concretas, del comportamiento: “estoy vago, pero no lo soy”, es una forma radicalmente diferente de funcionar por la vida. El verbo “ser” nos sitúa en el mundo de las esencias inamovibles; el verbo “estar”, en el de la existencia, cambiante, moldeable, educable.

Por eso, los padres debemos usar el “ser” para lo positivo y el “estar” para lo mejorable. Hemos de cambiar el dilema de Hamlet, “ser o no ser”, por el de “ser o estar”. Tenemos que decidir entre encasillar a los hijos, se entiende en categorías negativas, o de advertirles que están insoportables, maleducados, torpes, aburridos…, pero no que lo son.

Del mismo modo, y partiendo de la ley de la desproporción, según la cual hemos de felicitar diez veces por cada una que reprendemos, conviene que elogiemos a la persona, mientras que lo que recriminamos es la acción: “Quieres a tu hermano, pero esa forma de tratarlo no está bien”; “Me sorprende que, siendo tan responsable, hayas hecho eso”; “Eres trabajador, pero hoy estás un poco vago”…

Las sutilezas del lenguaje son tan decisivas que el hecho de usar un sustantivo o un verbo también tiene repercusiones educativas. Para elogiar una acción resulta más efectivo sustantivarla, es decir, tiene más posibilidades de que se asiente una actitud si en vez de decir: “Me has ayudado mucho”, decimos: “Tu ayuda ha sido fantástica”, y más aún si la personalizamos, o lo que es lo mismo, si halagamos al personaje que encarna quien realiza la acción: “Te has portado como un valiente”. Según los investigadores de la Universidad de Toronto, Joan E. Grusec y Erica Redler, estos pequeños detalles lingüísticos tienen su mayor efecto a los ocho años, cuando comienzan a cristalizar las nociones de identidad.